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por qué la UE

NUESTRA EUROPA
Miguel Ángel Aguilar

Vale la pena recordar las aportaciones que la Unión Europea ha hecho y hace por España y por los españoles desde que, en junio de 1985, nos sumáramos al proyecto iniciado en Roma a la altura de 1957, a cuyas puertas cubiertas de rocío pasamos muchas noches de muy oscuros inviernos políticos, económicos y sociales.

Desde la firma del Tratado de Adhesión de España en las entonces llamadas Comunidades Europeas en 1985 ha pasado mucha agua bajo los puentes de Bruselas y también han quedado registradas muchas sequías. La libertad de movimiento adquirida y el cambio de intereses y horizontes han tenido efectos en los más diversos ámbitos, desde el de la más inmediata cotidianeidad al de la más elevada abstracción.

Las Comunidades, a las que nos adherimos entonces se han convertido de modo paulatino en la Unión Europea de nuestros días. En ese periodo de casi veinticinco años de los doce países miembros se pasó primero a quince, con la llegada de Austria, Suecia y Finlandia en 1995, y después a veinticinco cuando el 30 de abril de 2004, se sumaban Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Letonia, Lituania, Estonia, Chipre, Malta y Eslovenia, a los que enseguida van a añadirse Bulgaria y Rumania. En el plano institucional, la firma del Acta Única creaba el  mercado interior, surgía con el Tratado de Maastrich la Unión Económica y Monetaria, que nos supuso la acuñación de una moneda única para los países del eurogrupo y se sucedían los Tratados de Ámsterdam, de Niza, de Roma (non nato) y de Lisboa.

Nuestro país, recibido con recelo inicial, ha participado como actor decidido en todas estas transformaciones y ampliaciones a partir de la ratificación solemne del Tratado de adhesión, acaecida en la tarde del 12 de junio de 1985 en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid. Mucho antes habíamos cumplido nuestros deberes políticos, recuperado las libertades cívicas, establecido las instituciones democráticas y normalizado los procesos electorales. Una transición, la nuestra, convulsa para quienes la vivieron, pero que fue enseguida tomada como inspiración y modelo en muchos otros países, empeñados como estaban en salir de regímenes dictatoriales para instalarse en la democracia. En todo caso Europa, la Comunidad, se configuraba como el lugar geométrico de todas las soluciones a los problemas acumulados. Allí habría de cumplirse para nosotros aquel ortegajo de España es el problema; Europa, la solución.  El proceso duró ocho años, desde la carta entregada en Bruselas el 27 de julio de 1977 por Marcelino Oreja, ministro de Asuntos Exteriores de Suárez pidiendo la apertura de negociaciones hasta su apertura formal y la firma del Tratado en junio de 1985.

Nos impusieron cautelas y periodos transitorios en materias muy diversas para atemperar la temida competencia de  las producciones españolas y evitar avalanchas de mano de obra hacia otros países ya miembros de la Comunidad. España sumaba aportes muy relevantes en el área de las relaciones exteriores por sus vínculos con Iberoamericana, con el Mediterráneo, con los países árabes y con África. Así se vio en la Conferencia de Madrid para la Paz en Oriente Medio en 1991; en la Conferencia Euro mediterránea de Barcelona inaugurada el 27 de noviembre de 1995, donde se encontraron el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yaser Arafat, y el ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Ehud Barak; en las sucesivas Conferencias de San José mediante las que la UE impulsaba la  desactivación de las guerrillas centroamericanas o en las Cumbres UE-América Latina.

El caso es que nos implicamos en las  tareas europeas con fervor inesperado para los veteranos recelosos de los vientos del Sur. Frente al empeño obsesivo de la primera ministra británica, Margarita Thatcher, por recuperar su cheque, el presidente del Gobierno español, Felipe González, prefería hacer planteamientos europeos en los que encontraran soluciones favorables los problemas de nuestro país. Ese esquema permitía en Edimburgo en 1992 la puesta en marcha de los fondos de cohesión, que tanto nos han beneficiado.

 España encontraba en la Unión Europea un ámbito de cooperación de máxima relevancia para la lucha contra la banda terrorista ETA mediante la comunitarización de las políticas de Justicia e Interior y por ejemplo la adopción y puesta en marcha de la euro orden que da respuesta eficaz a problemas siempre aplazados en provecho de quienes delinquen. Otra iniciativa del presidente González se plasmó en la ciudadanía europea que se añadía a la propia de los naturales de cada país miembro.

En estos más de veinte años cambiaban, no sin dificultades para unos y ventajas para otros, los parámetros de la agricultura bajo el paraguas de la Política Agraria Común (PAC), se alzaban quejas por la cuota lechera o el olivar. La pesca quedaba incluida en la Europa Azul, finalizaba sin prórroga el acuerdo pesquero con Marruecos y se hacía sentir el daño emergente para las flotas habituadas a faenar en esas aguas, el fletán nos enfrentaba al Canadá con la escuadra de por medio, nos ponían cuotas a la captura de las merluzas aunque en Bruselas terminaban por reconocer que consumíamos aún mayor proporción de las que capturábamos ya que nuestra dieta es la más rica en pescado después de la de los japoneses y venía a triplicar el promedio de la comunitaria. Aprendíamos a observar las obligadas paradas biológicas sin las cuales acabaríamos esquilmando los caladeros y ensayábamos el juego limpio con las artes de pesca. Se reparaba nuestro déficit en infraestructuras viarias, en ferrocarriles de alta velocidad, en dotaciones municipales en Investigación y Desarrollo.
 
Desmantelábamos industrias sólo perdurables con la inyección de subsidios públicos en siderurgia o construcción naval. Se internacionalizaba la empresa española en proporciones impensables. Atraíamos la inversión extranjera y nos lanzábamos a invertir fuera sin limitarnos a Iberoamérica. Se difundía la enseñanza de idiomas. El programa Erasmus hacía salir a nuestros universitarios y venir a España los de otros países. Nos embarcábamos en los proyectos más ambiciosos en el área de la Política Exterior y de la Defensa como la Fuerza de Intervención Rápida o el Euro cuerpo. Participábamos en las empresas aeronáuticas para competir en la aviación comercial, de transporte o militar con el Eurofighter o el Eurocopter. España aparecía entre los fundadores de la moneda única el 1 de enero de 2001. Parecía una pérdida pero se comprobaba que merced al euro podían adoptarse decisiones como la retirada en mayo de 2004 de las fuerzas militares enviadas por Aznar a Irak sin causar  padecimientos monetarios inaceptables. 

Para las galerías de retratos quedan los presidentes del Parlamento -Enrique Barón (1989), José María Gil Robles (1997) y Josep Borrell (2004)- del Tribunal de Justicia de Luxemburgo –Gil Carlos Rodríguez Iglesias- y para el recuerdo prestigioso los nombres de Manuel Marín, Abel Matutes, Marcelino Oreja, Loyola de Palacio, a quien deberemos el proyecto Galileo, Pedro Solbes, que puso en marcha el euro; Joaquín Almunia, guardián de la disciplina económica o Javier Solana, secretario general del Consejo y Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad Común, que ha lanzado la Política Europea de Seguridad y Defensa con desarrollos visibles.

 


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